miércoles, enero 28, 2009

La sequía tóxica: "Duelo al sol"
Los animales mueren de sed, los arroyos desaparecen, los girasoles se inclinan abrumados, el sol parece ser de plomo y el cielo no promete lluvias sino más y más calor. En el paisaje asolado solo quedan indemnes los campos de soja. El yuyito que decía la señora presidenta: como si nada. Cosa de mandinga!
Por Jorge Eduardo Rulli
La sequía ardía esta semana que termina, en los campos entrerrianos que visitamos, y no es una figura literaria. Las llamas en algunos lugares, nos encendían la cara que acercábamos a las ventanillas del auto. Los animales mueren de sed, los arroyos desaparecen, los girasoles se inclinan abrumados, el sol parece ser de plomo y el cielo no promete lluvias sino más y más calor. En el paisaje asolado solo quedan indemnes los campos de soja. El yuyito que decía la señora presidenta: como si nada. Cosa de mandinga! ¿Cuánto tiene que ver el monocultivo y los desmontes previos con esta sequía infernal? Vale preguntárselo. Las decisiones políticas que alguna vez se tomaron, han hipotecado este presente en que vivimos, y tal vez sus consecuencias comprometan a varias generaciones de argentinos que aun no nacieron.
Hemos estado registrando en la cámara los casos más agudos que han dejado las fumigaciones, en una zona en que las víctimas abundan y en que los testimonios perturban el espíritu. Las declaraciones de Fabián Tomassi en Basavilbaso, refieren no solo a los males actuales que lo tienen postrado, sino también a una agricultura química extendida, que se continúa practicando no obstante ser absolutamente criminal. Regar venenos desde el aire o desde máquinas terrestres es un atentado a la vida, pero hacerlo como se hace ahora, con pilas de recetas en blanco previamente firmadas por los profesionales, haciendo mezclas de cuyos resultados potenciados no se tiene la menor idea y respetando tan solo la ley de meterle siempre más de lo indicado en los marbetes y darle a los yuyos o a la plaga con lo más pesado, es terriblemente sicótico y es, sin embargo, una práctica corriente y generalizada, que enferma gravemente a las poblaciones y por supuesto, también a quienes la practican. En Gilbert visitamos a la familia Portillo. Eran chacareros pobres a la antigua, o sea que tenían unas pocas hectáreas y las utilizaban para hacer algo de lechería, aves de corral y los cultivos forrajeros necesarios, también algo de huerta y de frutales que servían para el propio sustento o para vender en las zonas cercanas. Tuvieron la desgracia de que se les instalara un sojero como vecino. Cuando se les murieron los cultivos y las aves de corral, cuando los árboles dejaron de dar fruta y en el terreno no les crecía más nada, no tuvieron más opciones que trabajar de banderilleros en las fumigaciones y ayudar al sojero con el desmonte y el monocultivo. Dos de los niños han muerto y algunos de los adultos se encuentran muy afectados. Tuvieron que vender el campo y ahora el sojero, que lo ha comprado, lo ha incorporado al monocultivo y ha hecho desaparecer algunas de las pruebas del crimen, tal como el pozo de agua contaminada del cuál bebía la familia. Las complicidades, no son por otra parte, un hecho casual o extraordinario. El modelo agroexportador lo ha convertido en un modo de vida aceptado en buena parte del territorio. Nadie en el caserío que es Gilbert, podía no habernos visto, aun más todavía, estuvimos primero en el boliche tomando algo y anunciando nuestra presencia. No obstante, nadie se acercó ni se interesó por lo que hacíamos. Parece que en las zonas sojeras una soterrada cadena de complicidades trata de sancionar al que expone su desgracia, como si demostrarse enfermo como consecuencia de la riqueza ajena, fuera algo que avergüenza porque expone aquello de lo que no debe hablarse. Y lo que no debe decirse es que este modelo es un modelo en que las ganancias se amasan con la sangre y con el sufrimiento de miles y miles de víctimas inocentes.
De Gilbert nos fuimos a Gualeguaychú para conversar con algunos de nuestros amigos entrañables, amigos que hiciéramos en la época previa a los grandes extravíos de la llamada crisis del campo, en los tiempos anteriores a las actuales polarizaciones, cuando todavía pensábamos que era posible desarrollar conciencia en la sociedad de Gualeguaychú, acerca de la necesidad de tener una retaguardia ética frente a la pastera. Esa pelea la perdimos, en buena medida la perdimos, gracias a todos aquellos que, escandalizados a destiempo de la oligarquía vacuna, dividieron a los argentinos en una injusta división entre el campo y la ciudad, mientras el Senador Urquía continuaba cobrando la diferencia entre las nuevas y viejas retensiones a nombre del Estado Argentino. Ahora lamentablemente, buena parte de la asamblea de Gualeguaychú, parece enamorada del corte mismo en Arroyo Verde, sin comprender que uno jamás debe confundir los objetivos con los métodos o con los instrumentos que se eligieron para obtener esos objetivos… y tampoco son capaces de tomar posición ante las similitudes de los monocultivos de eucaliptus y los de soja. Del otro lado en cambio, sí toman posición los ejecutores y propaladores de las políticas de la dependencia. La última y más grosera señal en este sentido, fue la declaración del INTI de que sus equipos técnicos no hallaron prueba alguna de contaminación por parte de la empresa Botnia. Debe ser esta papelera la única en el mundo que no contamina, aún más todavía, estos técnicos nuestros son tan funcionales que van más allá, de lo que las mismas empresas reconocen. Lamentable, y con esa pena por irse perdiendo gradualmente otra batalla contra las corporaciones, continuamos nuestro camino hacia Larroque.
Larroque es un pueblo pequeño, cercano a Gualeguaychú, una zona de lomadas bajas y cursos de aguas numerosos. La soja ha terminado en la zona con la fauna que, como en el resto de Entre Ríos era abundante. Perdices, garzas moras, cigüeñas, zorrinos, comadrejas, vizcachas, caranchos, culebras y tortugas de tierra; en lagunas y bañados teros, garzas blancas, patos, chajaes, sapos y ranas, ha ido desapareciendo. Hoy la zona es un páramo. Pero ahora, íbamos detrás de los efectos sobre los seres humanos, para registrarlos, y en verdad, no esperábamos hallar lo que encontramos. María Carla Godoy tiene seis años, nació en Larroque, en un mes de abril del año 2002 o sea que, cuando comenzaron las siembras de soja y se realizaron las primeras fumigaciones de preemergencia con Glifosato, el embarazo de su mamá llevaba apenas tres meses, el momento en que el feto deviene más sensible a los impactos exteriores. Además, junto a la casa de sus padres el vecino tenía un depósito de agrotóxicos y ello, por supuesto, contraviniendo la ley. En la ruleta rusa de un modelo impiadoso, digamos que María Carla no tenía demasiadas chances. Cuando nació, los médicos le diagnosticaron Mielomelangoceli, hidrocefalia y Arnold Chiari, aclarando que era la consecuencia de la contaminación de su madre con agrotóxicos. Imaginé cuando su mamá nos lo contaba, que la mielomelangoceli tendría que ver con la parálisis de los miembros inferiores de la niña, tengo idea de qué es la hidrocefalia, pero no sabiendo que es la enfermedad de Arnodl Chiari, me atreví a preguntarle a la mamá de la nena sobre ello. Me cuenta entonces, que el bebé no podía llorar, que hacia solamente un ruido como cacareo, que por suerte con las operaciones lo superó… no pregunté más, estaba destrozado… cuando llegué a casa busqué en Internet. Allí encuentro que se conoce como malformación de Arnold Chiari, problemas neurológicos que se evidencian en el recién nacido. El texto científico dice: Aunque la causa exacta de una malformación de Chiari aún se desconoce, se cree que un problema durante el desarrollo fetal puede ocasionar la formación anormal del encéfalo. Este tipo de malformación puede ser provocado por la exposición a sustancias nocivas durante el desarrollo fetal.
María Carla tiene seis años, no camina, no controla esfínteres, ha pasado por varias cirugías, lleva en su cabeza una válvula mecánica que le permite sortear los males con los que nació, varias veces por día debe ser sometida a sondajes… y sin embargo María Carla ríe, disfruta de la compañía de sus once hermanos y de sus amigas de la escuela. Nos cuenta su mamá que ahora le han comprado una pileta pelopincho y que con rifas que hacen en el barrio y con donaciones, van cubriendo los gastos que la enfermedad les ocasiona. María Carla, mientras tanto, esta contenta de que la visitemos y le tomemos fotos, quitándose el arnés, nos muestra de buen grado las horribles cicatrices de las operaciones, mientras uno de nuestros compañeros con la excusa de buscar cigarrillos, se aparta para esconder su llanto, ella orgullosa nos deja ver su libreta de la escuela, y suponemos por las calificaciones excelentes, que debe estar entre las mejores alumnas. Su rostro resplandece y su risa es cantarina. Tenemos el corazón desgarrado y la certeza de que estamos ante un modelo genocida, que la soja mata y es un crimen sembrarla y que respaldarla como hacen tantos y especialmente el INTA, es una infame complicidad con quienes han sembrado de pequeños cristos crucificados a sus arneses y a sus parálisis, como en el caso de María Carla, la geografía de la Republiqueta sojera. ¿Cómo puede haber tanta gente que sin conciencia responsable, coma milanesas de soja me pregunto, y se permita ignorar los horribles sufrimientos que amparan y que podrían conocer, tan solo con un mínimo interés por investigar los impactos del modelo?
No bastan ahora las tardías tapas de Página 12 y de Crónica, no basta una mención a la pasada en el discurso presidencial, de un hecho que hace años es noticia internacional, me refiero a la lucha que llevaron contra las fumigaciones las madres del Barrio Ituzaingó anexo de la ciudad de Córdoba. No basta con conformar una Comisión para investigar o revelar un hecho puntual como ha hecho la Ministra de Salud, cuando todo el país está lleno de Barrios Ituzaingós, de víctimas inocentes, de cáncer y de seres que sufren impotencia sexual, de madres que abortan o que paren criaturas con malformaciones como consecuencia de la contaminación con agrotóxicos. Y que exprese con tanto énfasis el que no basta, no significa que no me alegre de que después de tanto tiempo nuestras denuncias alcances este rango. Reconozco, no obstante, la importancia y el enorme respaldo de haber estado presentes en el discurso de la Presidenta. Pero insisto, en que ello ya no basta. Y no me importa en lo más mínimo lo que piense Fidel al respecto y me importan menos los dos mil científicos cubanos del Instituto de Biotecnología que visitó la delegación argentina en la Habana, que en buena medida deben haber sido formados por Monsanto, y que se ofrecieron en acuerdos de colaboración y de intercambio para aportar a un modelo que es el nuevo colonialismo. No me importan tampoco las emociones cholulas referidas al pasado en los que hoy implementan los modelos de la agricultura química. Es la Biotecnología la que ha causado las penurias de Fabian, de la familia Portillo y de María Carla, no los manejos incorrectos o los excesos en la instrumentación, tal como nos dicen ahora, quebrantando lo que afirmaron durante años en los procesos al Terrorismo de Estado. Las consecuencias de este modelo están dolorosamente presentes por todas partes, hoy son tantas las víctimas que se ha conformado un movimiento de pueblos fumigados. Los impactos y externalidades del modelo de agricultura industrial, no le van a la zaga a los daños que consumó la dictadura, aun más todavía, es probable que este modelo de país sea tan solo la consecuencia o la etapa posterior de una estrategia de país sometido, que los genocidas y sus cómplices intelectuales alguna vez planificaron. Es muy probable entonces, que el modelo de la soja tenga asimismo alguna vez, sus propios tribunales y cuando llegue ese día seguramente una muchacha llamada María Carla Godoy tendrá un: Yo acuso, y una historia terrible que contarnos: la de su propia vida.
Jorge Eduardo Rulli

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