martes, noviembre 02, 2010

Leonardo Padura sale contra los transgénicos

Archivo:Cuba Topography.png

Cuba entre la transgénesis y la agroecología

Por Leonardo Padura

Resulta paradójico que un país tropical, con larga experiencia agrícola y pecuaria, necesite invertir tantos recursos en importar alimentos, afirma en esta columna exclusiva Leonardo Padura.


LA HABANA, 1 nov (Tierramérica).- Cuando en 1990 comenzó el colapso que conduciría a la desaparición de la Unión Soviética, los campos de la isla de Cuba sintieron un efecto inmediato: de la tierra de los soviets dejaron de llegar los barcos cargados de fertilizantes y plaguicidas que sostenían la producción agrícola de este país caribeño.

Como respuesta a una crisis de producción que se hizo patente, se fundó en 1992 el movimiento de agricultura orgánica. Lo que en aquel momento parecía un salto al pasado (como el regreso al estiércol) podía ser, en realidad, una mirada al futuro.

El modelo agrícola cubano seguía los esquemas socialistas de la agricultura estatizada. Como resultado de la reforma agraria comenzada en 1959, apenas llegó al poder la revolución liderada por Fidel Castro, el mayor porcentaje de las tierras (alrededor de tres cuartas partes) pertenecían al Estado y eran cultivadas por empresas estatales (o no eran cultivadas).

El resto pertenecía a diversos modelos cooperativos y a campesinos privados. Pero tanto unas tierras como otras aplicaban productos químicos a sus cosechas y solo excepcionalmente se practicaban experiencias hoy llamadas “ecológicas”.

La crisis financiera que se desató en la década de 1990 impidió adquirir fertilizantes y obligó a cambiar los métodos agrícolas: se impulsó la creación de cooperativas y se trató de descentralizar las estructuras y la tenencia de la tierra, diversificar los cultivos e incluso traerlos a las ciudades.

Pero las respuestas cuantitativas no resultaron satisfactorias, y en 2009 la isla necesitaba importar 80 por ciento de los alimentos que se consumían.

Resulta paradójico que un país tropical, con larga experiencia agrícola y pecuaria, necesite invertir tantos recursos en importar alimentos que podrían obtenerse en el territorio nacional en cantidades que alcanzarían incluso para la exportación.

Problemas organizativos, económicos y hasta conceptuales del modelo socialista estaban –y están-- afectando un sector en el que se han introducido cambios acelerados, como las nuevas formas de tenencia de la tierra y la comercialización. http://3.bp.blogspot.com/_U90dGHtsZ5Q/S-GU1kLZg_I/AAAAAAAAC-Y/Uu73eBdy8nU/s1600/Cuba1.jpg

Pero la concepción de una agricultura sostenible fundada en la agroecología se ve acechada ahora por una nueva amenaza, tanto o más peligrosa que la de una producción estatalizada y apoyada en insumos químicos: los cultivos transgénicos.

Aunque en los medios cubanos se habla muy poco de la existencia de experimentos transgénicos, y la sociedad, como conjunto, vive de espaldas a esta realidad, un grupo de científicos lanzó un grito de alarma.

Desde el conocimiento profundo, estos investigadores comienzan a reaccionar ante un experimento que bien podría provocar daños mayores que los de otras políticas agrarias de ingrato recuerdo, como la idea de desecar la Ciénaga de Zapata, hoy ponderada como el mayor humedal del Caribe insular, o la creación del “Cordón de La Habana” --derribando frutales centenarios para sembrar un cinturón cafetalero del que nunca se cosechó un grano-- hasta la casi total dependencia de fertilizantes y plaguicidas soviéticos.

Otros ensayos peligrosos, aplicados como solución para incrementar la producción agropecuaria, tampoco tuvieron los resultados esperados.

La quema de los campos de caña, adoptada en los años 70 para facilitar el corte de la gramínea, afectó rendimientos y terminó por arruinar grandes extensiones de tierra en las que por casi dos siglos se había cultivado la caña con excelentes dividendos.

Tampoco los diversos cruces de razas de ganado vacuno arrojaron un aumento en la cantidad de carne y leche, y la masa ganadera cubana no recuperó los niveles que tenía medio siglo atrás.

La formación científica fue una de las premisas del Estado en sus planes de futuro. Y hoy, algunos de esos especialistas se cuestionan un procedimiento que consideran inadecuado.

La introducción de transgénicos, específicamente del maíz, no sólo constituye una respuesta a la necesidad de disminuir importaciones y aumentar la producción. Representa además una muestra de la prevalencia de dos concepciones diferentes, que teóricamente pueden coincidir pero, según los estudiosos, a la larga son irreconciliables.

La contradicción entre la transgénesis y la agroecología tiene su esencia en que la extensión de cultivos manipulados genéticamente puede afectar la biodiversidad, la independencia de los productores, e, incluso, pone en riesgo la salud humana, como lo han demostrado diversos estudios clínicos con animales.

La agroecología, por su parte, es una concepción amplia del desarrollo que pretende adaptar la producción de alimentos a los ciclos naturales, contribuye a garantizar la sustentabilidad y es productiva cuando se la aplica con métodos y políticas adecuadas.

Voces autorizadas consideran que en Cuba no es necesario acudir a los transgénicos, sobre todo cuando ya se ha demostrado la efectividad del modelo agroecológico para proveer alimentos suficientes. Pero se impone invertir recursos suficientes para desarrollar todo su potencial y que caigan las trabas impuestas por la burocracia estatal y el control excesivo sobre los medios de producción.

La persistencia de esas trabas se hizo evidente con el anuncio de la liberalización de la venta de medios de trabajo (ropa, guantes, botas), y aperos de labranza a campesinos y agricultores, sin tener que esperar la entrega del Estado. Aún así, las disponibilidades no permiten cubrir todas las necesidades de campesinos y cooperativistas.

Con esta insuficiencia de los medios más rudimentarios, es difícil esperar que alguna vez se puedan satisfacer las grandes expectativas de producción.

En cambio, en ciertos laboratorios se han destinado recursos suficientes para ensayar la introducción de transgénicos, pues se los ve como una posibilidad de realizar ese salto hacia la productividad que tan esquivo se ha mostrado.

Pero no se trata de reeditar la vieja contradicción entre civilización y barbarie, sino de escuchar a los que reclaman una moratoria en la siembra de transgénicos y el inicio de un debate con participación de científicos y otros actores de la sociedad, acerca de su factibilidad, a pesar de los riesgos que entraña.

* Escritor cubano. Sus novelas han sido traducidas a una decena de idiomas y han ganado numerosos premios en Cuba y el extranjero.
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