viernes, mayo 11, 2007

Atilio Borón

Los publicistas e ideólogos del capitalismo celebran lo que es presentado como el descubrimiento de una inesperada fuente de Juvencia: los biocombustibles, destinados a independizarlo de la fugacidad histórica del petróleo y los hidrocarburos y a garantizarle una vida eterna de extravagantes derroches mediante la fabricación de combustibles a partir de productos hasta ahora utilizados para la alimentación de los humanos. El júbilo es compartido por Bush y Lula de manera principal -así como por la mayoría de los gobiernos europeos y algunos del Sur- que se ilusionan con montarse sobre una tendencia que, supuestamente, resolvería para siempre los problemas derivados de las profundas tendencias al ecocidio que caracterizan al capitalismo.

Ante tanto entusiasmo es nuestro deber echar una mirada más sobria. Cualquier historiador mínimamente riguroso no tardaría en hallar notables coincidencias entre la exaltación de este momento y la que se registrara en anteriores ocasiones. Señalemos, en aras de la brevedad, otras dos igualmente relacionadas con el descubrimiento de nuevas fuentes de energía: la invención de la máquina de vapor a mediados del siglo dieciocho y la electricidad hacia finales del diecinueve y comienzos del siglo veinte. En ambos casos la aparición de estos nuevos energéticos fueron saludados como la anunciación de una era de ilimitadas posibilidades de desarrollo. Idénticas actitudes proliferaron cuando se desarrolló la tecnología para la utilización del petróleo como fuente energética fundamental a partir de comienzos del siglo veinte. En todos estos casos las ilusiones se desvanecieron con el paso del tiempo, de ahí la oportuna parafrasis del conocido libro de Sigmund Freud, El porvenir de una ilusión. ¿Será diferente esta vez?

No parece. En este trabajo trataremos de aportar algunos elementos que nos permitan elaborar un balance realista del asunto.

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