domingo, octubre 12, 2014

Celebremos la resistencia




CELEBRAR LA RESISTENCIA

Gustavo Esteva
La Jornada
29 de septiembre de 2014

Celebrar hoy el maíz, como se está haciendo en miles de puntos de la República, es ante todo celebrar la resistencia de los pueblos ante una agresión sin precedente que intenta condenarlos a la extinción.
Aparentemente, la actual administración tomó en serio el lema concebido por Marco Díaz León hace muchos años: “Sin maíz no hay país”. Parece haber llegado a la conclusión de que para concluir el acelerado desmantelamiento del país nada mejor que agredirlo en su centro cultural e histórico, atacarlo en el maíz.
No hay novedad en esta actitud racista. Es tan antigua como la intervención colonial, caracterizó al México independiente y se agravó en el periodo de la posguerra. Acabar con el maíz y los campesinos ha sido obsesión de las clases políticas y la élite económica.
La alianza que hicieron con los campesinos quienes se consideraban herederos de la Revolución moderó por décadas esa obsesión. Pero la moderación terminó en los últimos 30 años. No sólo se abandonó a su suerte a los campesinos. Se concibió una política expresamente orientada a eliminarlos. Es mi obligación como secretario de Agricultura –declaró Carlos Hank en 1991– sacar del campo a 10 millones de campesinos. Diez años después, el infausto señor Javier Usubiaga, El rey del ajo, aumentó la meta a 20 millones. Hank se lavaba las manos: no era su área de trabajo ocuparse de los campesinos que desalojaba. Para Vicente Fox podían ser jardineros en Texas o poner su changarro. La reforma constitucional de 1992, que lanzó al mercado las tierras ejidales, y el TLCAN redondearon la estrategia.
Estas políticas contribuyen a explicar por qué más de la tercera parte de los mexicanos vive actualmente fuera del país, por qué amplias áreas del campo mexicano son zonas de desastre, por qué aumentan cotidianamente el hambre y la desnutrición. Por primera vez en la historia baja el consumo de tortilla. Aunque ello se debe en parte a la crisis económica, corresponde también al desplazamiento de la tortilla por alimentos chatarra que son una de las principales causas de desnutrición y daños a la salud que estamos sufriendo.
Nada de lo hecho hasta ahora es comparable a lo que se prepara. Tras entregar la conducción de los asuntos del campo al agronegocio, principalmente al trasnacional, se impulsa abiertamente la destrucción de nuestras capacidades autónomas. El permiso para sembrar 2 millones de hectáreas con maíz transgénico, que las autoridades siguen considerando, puede destruir 5 millones de hectáreas productivas. No se volverían hectáreas transgénicas. En poco tiempo no habría producción en esas áreas, porque se habrían perdido las semillas nativas que son las únicas que pueden prosperar en ellas.
La destrucción es abrumadora y la amenaza terrible. Pero estamos ante un gran fracaso. A pesar del empeño en deshacerse de los campesinos, su número es mayor que nunca. A pesar del empeño por destruir, la tortilla sigue siendo componente central de la dieta mexicana. Declararnos gente de maíz no es solamente una bella metáfora. Aquí inventamos el maíz y el maíz nos inventó. Mientras más sabemos de él mejor logramos conocernos.
Desde hace tiempo, a la cabeza de un grupo de científicos tan conocedores como comprometidos, Antonio Turrent ha estado ofreciendo pruebas de los daños que vendrían con el maíz transgénico y de nuestras capacidades autónomas: “A pesar del cambio climático inminente, el país cuenta con los recursos de tierra de labor, de agua dulce, de clima benigno, de tecnología pública, de experiencia institucional, productores y profesionistas para recuperar su autosuficiencia en maíz de manera sostenida durante el siglo XXI.”
La reconstrucción del país, que se vuelve cada vez más urgente, requerirá dar clara prioridad al maíz.
La resistencia a las políticas y actitudes de las clases políticas es cada vez más general. Las celebraciones del Día Nacional del Maíz tienen signo combativo.
En Oaxaca, por ejemplo, Francisco Toledo organizó ayer una gran tamalada y hoy, desde temprana hora, tiene lugar en Santiago Apóstol, Ocotlán, un gran festival organizado por el Consejo Estatal en Defensa del Maíz bajo el lema: “Diálogos comunitarios por el derecho a ser campesinas y campesinos”. Tienen lugar ahí discusiones informadas y testimonios de la contaminación transgénica y sus daños, así como una gran muestra gastronómica de maíz.
Lo que el gobierno intenta hoy significa, obviamente, dispararse al pie, porque la base campesina que se quiere eliminar ha sido siempre sustento del PRI. Sería también el camino de la destrucción nacional: usar los cimientos para un techo falso. Y sería la gota que derramara el vaso: la agresión que el pueblo mexicano no podría soportar.

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jueves, febrero 07, 2013

El reverso del zapatismo, por Gustavo Esteva

http://www.jornada.unam.mx/2013/02/04/opinion/016a2pol

Es difícil concebir algo más insensato e irresponsable o de más serias consecuencias que autorizar el cultivo comercial de maíz transgénico. 

 Antonio Turrent mostró su insensatez en estas páginas (La Jornada, 11/1/13). El transgénico no elevaría la producción donde se propone emplearlo, 3 millones de hectáreas de las mejores tierras cultivadas con maíz en México. La contaminación transgénica destruiría las capacidades productivas en 5 millones de hectáreas, en las que sólo pueden prosperar razas nativas especializadas, creadas en el curso de milenios, de las que dependen millones de familias campesinas y buena parte de la comida mexicana. 

 La decisión continúa una tradición irresponsable que busca eliminar la base campesina del país. La Constitución de 1917 fue fórmula de compromiso. Las tendencias antiagrarias se hicieron sentir inmediatamente y culminaron en 1928. Poco después de fundar la primera encarnación del PRI, Calles anunció el fin del reparto agrario. Se fijaría un plazo breve para que los pueblos pudieran pedir tierras. Tras ese término, ni una palabra más sobre el particular. Entonces dar garantías a todo el mundo, pequeños y grandes agricultores, para que surja la iniciativa y el crédito público. 

 Según Calles, el reparto llevaba a los campesinos al desastre, porque les creamos pretensiones y fomentamos su holgazanería. “Si hemos de ser sinceros con nosotros mismos, tenemos la obligación de confesar, los hijos de la Revolución, que el agrarismo, tal como lo hemos entendido y practicado hasta ahora, es un fracaso (…) Hemos venido dando tierras a diestro y siniestro, sin que éstas produzcan nada sino crear a la nación un compromiso pavoroso”. Ese reparto a diestro y siniestro sólo entregó, entre 1917 y 1930, la décima parte de las tierras en poder de las haciendas y a menudo se redujo a reconocer el reparto efectuado por los propios campesinos, principalmente los zapatistas. 

 El anuncio de Calles no quedó sin respuesta. La Liga Nacional Campesina, que luchaba por los objetivos agrarios de la Revolución e impulsaba un enfrentamiento radical con el latifundismo, encabezó un movimiento para reconstituir las filas campesinas, el cual, en 1934, forzó un viraje de las políticas oficiales al retomar, con Cárdenas, el aliento agrarista y el respaldo a los campesinos. La revolución verde no pudo impedirlo y perduró con altibajos por varias décadas. 
 Lo que ahora se cocina es aún más grave que la ofensiva neoliberal desatada en 1982. De la Madrid empezó a desmantelar el aparato de apoyo a los campesinos. En 1991 Hank declaró cínicamente que su obligación como secretario de Agricultura era sacar del campo a 10 millones de campesinos. Usabiaga amplió la meta de desalojo a 20 millones apenas tomó posesión como secretario de Agricultura de Fox. 
 La decisión sería incluso más grave que la contrarreforma constitucional de 1992, porque los campesinos han tenido siempre la opción de conservar sus tierras. Con los transgénicos no habría opción. Nuestro maíz, en toda su riqueza, dejaría de existir; y con él, literalmente, los campesinos y el país. El lema Sin maíz no hay país, acuñado por Marco Díaz León, fue adoptado en 2003 por una campaña nacional que perdura hasta hoy. No es mero acierto formal. Define una historia y dos proyectos políticos enfrentados.
 A pesar del empeño de deshacerse de los campesinos, su número es mayor que nunca. A pesar del empeño por destruir la tortilla, para sustituirla con chatarra de trigo, sigue siendo componente central de la dieta mexicana. Declararnos gente de maíz no es solamente una bella metáfora. Aquí inventamos el maíz y el maíz nos inventó. Mientras más sabemos de él mejor logramos conocernos.
 Deshacerse ahora de los campesinos no sólo busca como siempre el reino de la agricultura industrial nacional y extranjera. Es ahora condición del despojo que forma parte de la ola mundial de ocupación territorial, para explotaciones salvajes que intentan rescatar al capital de su predicamento actual.
 Hace 100 años los zapatistas realizaron directamente el reparto que los gobiernos emanados de la Revolución querían posponer. En 1994 los nuevos zapatistas hicieron posible que el reparto agrario llegara por fin a Chiapas, en una digna respuesta a la contrarreforma de 1992 y a la entrada en vigencia del TLCAN. Con ella se inició la etapa mundial de luchas contra la globalización neoliberal.
Lo que el gobierno intenta hoy no es sólo el reverso de esas tradiciones zapatistas. Sería dispararse al pie, porque la base campesina que quiere eliminar ha sido siempre sustento del PRI. Sería también el camino de la destrucción nacional: usar los cimientos para un techo falso. Y sería la gota que derramara el vaso: la agresión que el pueblo mexicano no podría soportar.

gustavoesteva@gmail.com

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